SOBRE LA REALIDAD
(virtual o no)

Fe de erratas
 
 
Índice
   
  Prólogo
   
  Primera parte
  Sobre la realidad
  Constantes y variables
  Ser y Naturaleza
  El bucle del ser
  Ser y verdad.
  El ser es lo que es siendo
  Ser y Realidad
   
 

El signo y la palabra. Indagaciones

  El signo y la palabra. Mutación e invariancia.
  El cambio constante. Copresencia en el cambio.
  Doble vínculo. El continuo del ser
  Constantes.
  Telos y Formas.
   
  Teleología y Ciencia
  Filosofía y Sociedad.
  Nuevo Modelo.
  Sistemas y Subsistemas.
  Algunas implicaciones.
  Humanización y dinámica de los opuestos.
   
  Cambio de Era
  Un mismo mundo.
  Permanencia en el Cambio.
  Ruptura.
  Técnica y Telos.
  Comunicación y Era Común.
   
 

El Telos Humano

  Continuidad.
  El Telos Humano.
  Cierre y Apertura.
   
  Segunda parte
  Del otro lado. comentarios hipertextuales
  1. El hipertexto y el continuo no-dual
  2. El zen y la Era Común.
  3. Vida y objetividad.
  4. Sobre el horror.
  5. El pensamiento en ejecución.
  6. Sobre Mendelssohn.
  7. Lo virtual
  nuevos comentarios (on-line)
  8. ¿Quién teme a esa tontería del ser?
  9. Medios in-mediatos
   
  Referencias
 

 

Constantes y variables

Existe una total unanimidad entre los historiadores de la filosofía occidental -y entre los propios filósofos- en que el nacimiento de la filosofía se inaugura oficialmente con la aparición en Grecia de textos todos ellos titulados Sobre la Physis. Por los pocos fragmentos que de ellos nos han quedado es posible afirmar que estos textos iniciales (e iniciáticos) tenían un elemento común, un concepto relevante sobre el que todos volvían una y otra vez. A través de ese concepto, el Arjé, los primeros filósofos occidentales intentaban fundamentar racionalmente aquello que podía establecerse como una constante en el interior de un mundo lleno de variables.

Pues, en mi opinión, el problema por ellos planteado no fue otro que responder a la pregunta humana básica de ¿cómo es posible que el mundo (la physis) no se desmorone a pesar de que con toda evidencia no hay nada absoluta y perfectamente estable; donde la muerte, el deterioro y el cambio son absolutamente obvios?. O con otras palabras ¿cómo es posible que sea posible percibir un orden en un mundo mudable y fugaz?.

La respuesta a ese interrogante (es decir, la necesidad de dar respuesta a la percepción -a pesar de todo- de un orden en un mundo en cambio) fue posible gracias a la aplicación sistemática del concepto de constante (k) que con el nombre de Arjé se oponía al otro concepto al que va asociado, variable (v), es decir la Apariencia, lo que muda.

Sin embargo, la aplicación práctica de estos conceptos (de estas simples nociones, ya que en puridad los conceptos en sí k y v son un producto muy posterior) antecede al nacimiento mismo de la Filosofía. Pues en efecto, mucho tiempo antes de que ésta apareciera, el fenómeno religioso, consustancial al propio ser humano, significó la aparición de entes -dioses, espíritus, fuerzas- que con la cualidad intrínseca de la permanencia (constante) fueron así concebidos por los humanos. Esta concepción, producto de nuestra razón imaginativa -es decir de la faceta imaginativa de la razón- se hizo a imagen y semejanza de ellos mismos (de los seres humanos que los concibieron), de su naturaleza física o al menos de su naturaleza mental, ya que, en cualquier caso, aun cuando el ente -fuerza, espíritu, dios- careciera de forma humana, tenía al menos las cualidades mentales y emocionales propias de nuestro ser (ser humano).

La originalidad, pues, de la aparición de la filosofía estriba no tanto en la capacidad para concebir y expresar una constante frente a un cúmulo de variables, sino en que esta concepción -el Arjé- supone una ruptura con lo anterior en dos aspectos: es de carácter material (agua, aire) sin, en cualquier caso, cualidades directamente humanas, y, en segundo lugar y sobre todo, es expresado mediante un proceso deductivo en lugar de -como en las creencias- ser el resultado imaginativo de una pura intuición religante con la naturaleza.

Si además resulta que la filosofía no exige ni sacerdotes ni culto, y por lo tanto ni reglas ni sumisión, entonces es fácil comprender que la filosofía viene a desplazar cuando no a substituir a la religión misma en el momento en que, en competencia con ella, pretende dar explicaciones distintas para un mismo fenómeno experienciable: es decir el fenómeno de lo constante en el interior de lo variable. De ahí que buena parte de los primeros escritos filosóficos griegos presocráticos contengan elementos religiosos (invocación a dioses) -a la par que un discurso racional- puesto que de alguna manera ellos también apelan a la solución de un misterio. Hubo, pues, un solapamiento inicial rápidamente superado.

De esa superación, de la ventaja innegable que supone desenvolverse en el interior de unos parámetros racionales que ofrecen mayores cotas de libertad, sin cultos, ni ritos, ni creencias impuestas, ni obligaciones de obediencia sacralizada hacia otro ser humano, del nacimiento en suma de la filosofía, se ha beneficiado a la postre la humanidad entera. Pues con ella se abrió el paso hacia una actitud plenamente abierta a la investigación y a la búsqueda del conocimiento. Y de ella, de la filosofía, ha surgido en un lento proceso de siglos todo el vasto conjunto de las ciencias actuales.

Sin la actitud inicial moderadamente irreverente de su origen, esto no hubiera sido posible.

Esa superación que supone el nacimiento de la filosofía, ese desgajamiento distanciador respecto de las creencias, recibe su primer gran impulso en el momento en que el nombre genérico para la(s) constante(s), Arjé (principio), pasa a ser sustituido por un concepto aún más abstracto a la par que extraordinariamente más concreto como es el de Ser.

Explicitado mediante una substantivación verbal -tó ón- su traducción literal sería 'lo que es', si bien los latinos optaron por utilizar un sólo término -ser, esse- con el que expresarlo.

Su importancia, es decir la importancia de su verbalización, de su puesta en escena, de su aparición como tal concepto, estriba, en mi opinión, en la fuerza expresiva que hay en él fruto de su enorme capacidad de abstracción y por tanto de su enorme carga significativa. Sin ser un dios, sin ser un principio, sin ser una creencia, permite fundamentarlo todo.

Además, el formidable (y a veces tedioso) juego que ha dado en la historia de la filosofía (Ferrater, 1970 y 1991) no impide sin embargo que el concepto sea perfectamente entendible por los no especialistas, por el común de las gentes, puesto que a fin de cuentas se trata del más común de los verbos.

El problema fue que, a pesar de todo, en su mismo origen (Parménides) el concepto de Ser [Lo Que Es] se convierte en un producto lógico separado de su fundamento material: lo que es (la piedra, el árbol, lo humano, etc). Y por tanto, la pretensión (lógicamente deducida) de Parménides y sus continuadores de que el Ser [Lo Que Es] es inmóvil, sin cambio ni transformación alguna, único en su realidad y hacia el que el pensar está inevitablemente abocado, sitúa al Ser así aprehendido en el limbo de lo mental exclusivamente. O dicho de otra forma sitúa la constante fuera de la realidad sensible como algo transcendente y no inmanente a ella misma. El Ser así concebido por la mente, sin determinación material alguna conforme a la terminología de Hegel (1968), sería equivalente a la nada como el mismo Hegel señala puesto que, en ese caso, de él (del Ser) nada se puede intuir o decir salvo su propia inmediatez. O lo que es lo mismo, pensar el Ser (como concepto en sí mismo, sin conexión alguna) es un pensar vacío.

Quizás por esta causa y a partir de ese momento, a partir de la aparición por boca de Parménides del término ser concebido por y para la mente, se abrirá (para un determinado tipo de filósofos) una brecha, un gap, entre lo constante que queda asociado al espíritu, la mente o el alma, y lo variable que se asocia a lo material. La asunción de esta fisura dará lugar a un modo de explicar la naturaleza que recibirá a lo largo de la historia diferentes nombres -idealismo, racionalismo, y algún que otro ismo-, teniendo todos ellos un igual denominador común. De un lado existe una realidad material, perecedera, abocada a la muerte, variable y en definitiva no auténtica, mientras que de otro estaría lo real verdadero, lo constante y en definitiva lo auténtico. A un lado la materia, al otro, el espíritu.

Esta división de la naturaleza (como si la energía tuviese lados), coherente a pesar de todo, casa muy bien con un modelo del pensamiento religioso para el que el fundamento de la realidad se sitúa más allá de ella misma, y quizás por ello haya sido históricamente muy bien acogida por determinadas creencias y aceptado con facilidad como parte del imaginario colectivo (ideología de lo cotidiano) de las gentes. Su simplicidad y claridad lo hacen acreedor a ello.

Sin embargo, el uso de la razón deductiva para inferir esa división señalada, constituye, en mi opinión, una peligrosa fuente de inmovilismo -impropia del espíritu indagador del ser humano que ama el saber. Pues, al situar el ser de las cosas fuera de ellas implícitamente se está negando ser en las cosas mismas, por lo que éstas no son propiamente hablando sino que solamente están, y por lo tanto no es necesario averiguar su ser (es decir, lo que las constituye como constante percibida y experienciada). Según esta corriente de pensamiento, la respuesta a su fundamentación ya está en otro lugar: Dios, el ser entendido a la manera Parmeniana, o cualquier otro producto de la mente, los Números por ejemplo al modo pitagórico.

 


 

Prólogo Ser y Naturaleza

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